“El fracaso no existe, simplemente existen diferentes resultados.”                                                                                                                                               Sigmund Freud

El uso profuso que se está haciendo de los medios de comunicación electrónicos está induciendo a los estrategas electorales a redefinir la propaganda política y las áreas de énfasis. En tal sentido el objetivo de las campañas es aumentar el porcentaje de electores que conoce al candidato y que percibe sus cualidades personales.
Además de informar, el candidato debe de impresionar a la población, transmitir una imagen personal atractiva que sea aceptable y deseable. Empero, no basta conocer las cualidades y virtudes del candidato. También es necesario saber cuales son sus intenciones y su visualización de la realidad. Sólo así tendrá la población una idea completa de las condiciones de su posible elegido y del tipo de gobierno que proyecta ejecutar.
Más aún, se aprecia una cierta indefinición del candidato respecto a los temas que toca, porque, según los consultores, no debe de pronunciarse tajantemente sobre los puntos en discusión para no crear el rechazo dentro de ciertos grupos electores.
Nos hemos acostumbrado a considerar la propaganda como una manipulación de ideas y sentimientos, pero casi siempre orientada a hacer creer verdades a medias o falsedades, como he dejado de entrever en mi más reciente obra Compendio sobre comunicación política electoral y sus vínculos con la psicología.
Al ofrecer al candidato como un producto comercial cualquiera, sin comprometerlo con ningún plan de acción a seguir y hacer ofrecimientos que resultan atractivos y llenos de bondad desde el punto de vista electoral, pero en la práctica careciendo de fórmulas claras y realizables, nos lleva a pensar el daño que se le está creando a la democracia como sistema de gobierno.  Cada vez es mayor el descreimiento de la gente en la política y sobre todo en el ofrecimiento de los políticos, lo que se evidencia en el número creciente de abstenciones en las elecciones, resultando seriamente afectado el sistema político en su conjunto.
Creemos que si bien la propaganda debe tener como variable objetivo modificar el comportamiento en formas ventajosas para la política a que sirve, no debe de castrar a ésta de presentar alternativas, soluciones y correctivo a los problemas económicos, sociales y políticos.
Cuando la política pierde como meta el bien común y se convierte en un mecanismo para ascender al poder por el poder mismo, el resultado obligado es que sale perdiendo tanto la comunidad como el sistema político vigente.
A este nivel de nuestro análisis nos inquirimos: ¿Es suficiente para conservar la credibilidad de la gente en la democracia y en las elecciones, que la propaganda hable de las virtudes del candidato y de su programa político? ¿No será necesario que ésta sea veraz y apegada a la realidad?
Precisamente, en efecto, señala Jean-Marie Domenach que la propaganda puede ayudar al “esfuerzo de los ciudadanos por retomar el control de la vida política y rechazar los embaucamientos que proliferan hoy a nivel de todos los sistemas y todos los regímenes”.
Por consiguiente, si queremos que la democracia siga siendo el sistema de gobierno futuro, es necesario que enfoquemos desde una perspectiva realista el debate eleccionario como herramienta obligatoria, a los que candidatos tartamudos, disparatosos, analfabetos y sin nivel académico evaden su tránsito por este pasadizo.
Es necesario que establezcamos un equilibrio entre los aspectos a enfatizar, que le demos verdadera participación al pueblo en el debate a través de una correcta información.

El autor es escritor, periodista y psicólogo clínico y de la comunicación.