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Ver a tu hijo caer de una torre por falta de un beso y una palabra

Por RAFAEL NINO FÉLIZ

 

Recorre las calles de mi barrio buscando en los zafacones de basura con una sonrisa bajo el silencio de la mañana.

 Entro en los años y cada día tengo más deseos de vivir e ir, como en el poema de Jorge Luis Borges, a lugares donde nunca he ido. Todavía en mi país me quedan lugares por conocer. "Son pocos, pero son…". Me recuerda a César Vallejos. De los lugares visitados en el mundo, muchos de ellos me han marcado como si fuera una profunda herida que deja una cicatriz alojada en mi alma. De esos viajes escribí mi libro "África en mi piel", que es un canto a nosotros mismos y a África en América.

 

En el barrio donde vivo camino por las calles haciendo ejercicios en la mañana. Cuando no camino, siento que he hecho una transacción en la que perdí, donde mi balance no fue siquiera cero, pues el cero es un balance matemáticamente positivo. Me fue difícil aprenderlo en primaria cuando era niño, pero tuve la suerte de que mis maestros eran maestros de vocación y ejemplo. No era un asunto de empleabilidad gubernamental ni una revolución educativa nada más de palabras. Eran hechos. ¡Cuántos millones gastados en publicidad! Quizás lo suficientemente para hacer otro país distinto. Pero resulta que los países, como las instituciones, no se construyen con dinero, sino -primero- transformando el alma de la gente.

Pero resulta que usted quiere que le hable del título de este artículo. Usted se enganchó mediáticamente. ¡Qué cosa! Usted está amarrado a la comunicación política; y yo, a la poesía. Pero vuelvo a lo primero. En las mañanas suelo caminar por las calles con los locos, para conocerlos y ver el origen de su locura.

En uno de los barrios más cercanos a donde vivo hay una torre o edificio de lujo -una persona de buen gusto diría que es una "maravilla"- y de aquel lugar sale a las cinco de la mañana, de uno de esos apartamentos súper caros -uno solo cuesta cerca de un millón de dólares- un joven de entre treinta y cuarenta años de edad que recorre las calles de mi barrio buscando en los zafacones de basura con una sonrisa bajo el silencio de la mañana. Allí vive ese joven con sus familiares. No hay dudas de que allí vive. La seguridad del más alto nivel y bien uniformada de esa torre le abre la puerta a su llegada y a su salida.

Si ese joven se perdió en el mundo de las drogas podemos estar seguros de que le sobraron los panes, pero le faltó el beso y la palabra. Muchas veces trabajamos para hacer grandes fortunas sin darnos cuenta de que perdemos la mejor fortuna: la familia. Hoy, a las cinco de la mañana, vi al joven cuando me disponía a salir de mi edificio a caminar, pero ya él no tiene la sonrisa en sus labios. ¿Adónde fallamos? Sólo el beso y la palabra cargados de humanidad nos salvan

 

 

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